martes, 15 de noviembre de 2011

LA MAGIA DE ARBATEL - II


SEGUNDO
SEPTENARIO DE AFORISMOS


Aforismo VIII.- La Escritura testimonia que Dios puso simultáneamente a las
personas y a las cosas, tanto sus nombres como sus virtudes y funciones, todos ellos
atributos emanados de sus tesoros. Por esta razón las propiedades de los caracteres y de
los nombres constelados no provienen ni de su forma ni de la pronunciación sino de la
fuerza o propiedad que Dios o la naturaleza imprimió en tales nombres o caracteres No
hay en efecto ni en el cielo, ni en la tierra, ni en los infiernos, virtud alguna que no
descienda de Dios y, sin su gracia, nada puede transmitir ni actualizar lo que posee en
potencia.
Aforismo IX.- La sabiduría absoluta es la que reside en Dios; después viene la de
las criaturas espirituales, a continuación la de las corporales; el cuarto grado está en la
naturaleza y en las cosas naturales. Después, pero con mucho intervalo, vienen los
espíritus del Rebelde y los reservados para el último juicio. En séptimo lugar, los
ministros de las penas en el infierno, servidores de Dios. En séptimo lugar, los Pigmeos
que ocupan un lugar poco desdeñable y habitan los elementos y las cosas elementales.
Conviene conocer y distinguir todos los grados que diferencian la sabiduría del Creador
de la de las criaturas para que, si nos fuera útil servirnos en algo de alguna de ellas,
sepamos inmediatamente la manera de proceder y la razón del acto, ya que toda la
creación no tiene sino un fin, la naturaleza humana, y un solo medio, la naturaleza
humana, como atestiguan las Sagradas Escrituras, la razón y la experiencia.

Aforismo X.- Dios padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todas
las cosas visibles e invisibles, ha querido reflejarse y manifestarse a sí mismo en la
Escritura Santa y, como un padre que ama tiernamente a sus hijos, nos enseña lo que es
útil y lo que no lo es, lo que es necesario buscar y de lo que es preciso huir. A
continuación, con la promesa de los mayores bienes corporales y eternos nos atrae a la
obediencia; con la amenaza del castigo nos aleja de lo que nos sería perjudicial. ¡Oh tú
que me lees!, vuelve a tus manos la Escritura Santa, noche y día, para poseer ahora y por
toda la eternidad la felicidad y la beatitud. Hazlo así y vivirás como te enseñan las
páginas sagradas.

Aforismo XI.- El cuaternario es el número pitagórico y el primer cuadrado.
Establezcámoslo pues aquí como fundamento de toda sabiduría, después de la sabiduría
revelada por Dios mismo en la Escritura Santa y presentada en la naturaleza a la
contemplación de los hombres.
Aprende bien que quien depende enteramente de Dios es obedecido y servido por
todo el saber de la creación, de grado o por fuerza, consciente o inconscientemente. En
eso se manifiesta la omnipotencia de Dios. Este es el punto capital: querer hacerse servir
por la creación y distinguirse de quienes no quieren; aprender a adaptarnos la inteligencia
y la función de cada ser. Este arte se obtiene únicamente de manera divina, Dios revela
sus secretos a quien le place.
A quien Él no quiere dispensar nada de sus tesoros, el que ha incurrido en la
cólera divina, nada tendrá, incluso por la fuerza, pese a Él.
Así pues pidamos únicamente a Dios
misericordiosamente, nos hará participar en ella. ¿Cómo el que nos ha dado su Hijo y nos
ha ordenado que oremos para obtener su Espíritu Santo, no nos sometería más fácilmente
aún a toda la creación visible e invisible? «Todo lo que pidáis os será concedido ». No
abuséis de los dones de Dios y todo cooperará a vuestra salvación. Pero en primer lugar,
velad para que vuestro nombre esté inscrito en el cielo: ello os favorecerá más que un
espíritu servidor, tales son los consejos de Cristo.

Aforismo XII.- En las «Actas de los Apóstoles» el Espíritu dice a Pedro tras su
visión cuando era mandado por el centurión Cornelio: «Desciende y no dudes pues soy
yo quien les ha enviado». De esta manera y por el verbo humano es como han sido
transmitidas todas las enseñanzas por los Santos Angeles de Dios, como puede verse en
los monumetos egipcios. Pero a continuación se han mezclado con opiniones humanas y
se han pervertido por la acción de los espíritus malignos que siembran la cizaña y la
discordia entre los hijos de la duda, como se comprueba en San Pablo y en Hermes
Trimegisto.
No hay otra base para restaurar las artes sino instruirse junto a los santos espíritus
de Dios, pues la fe verdadera es la fe en lo que se ha oído. En cuanto a estar seguro de la
veracidad de las revelaciones, eso depende de tu fe en Dios; es la verdad si, como San
Pablo, puedes decir: «Se en quien pongo mi confianza ».
Si ni un gorrión puede perecer en la tierra sin la voluntad del Padre que está en los
cielos, cuanto más, hombre de poca fe, Dios no permitirá tu decepción si dependes de él,
si colocas sólo en él todo tu afecto.

Aforismo XIII.- Dios es el Dios vivo y todo lo que vive, vive en él. El es
verdaderamente el que se esparce en todas las cosas para que sean lo que son, y con una
sola palabra de su boca ha manifestado por su hijo todo lo que es para que sea. Ha dado a
todas las estrellas y a todo el ejército del cielo sus nombres propios. Aquél a quien Dios
revele los nombres de sus criaturas, conocerá la naturaleza de las cosas y susverdaderas
virtudes, el orden y la armonía de toda la creación visible e invisible. Pero queda recibir
de Dios el poder de manifestar las virtudes y hacerlas pasar de potencia a acto, de las
tinieblas a la luz, en la naturaleza y en la creación universal. Por lo tanto tu fin ha de ser
conocer el nombre de los espíritus, es decir, sus funciones y sus poderes para que, con la
ayuda de Dios, su fuerza venga a juntarse y a sujetarse a la tuya. Es así como Rafae fue
atribuido a Tobías para curar a su padre, salvar a su hijo del peligro y traerle a su joven
esposa. Así Miguel, fuerza de Dios, gobernaba el pueblo de Dios. Gabriel, mensajero de
Dios, fue enviado a Daniel, a María, a Zacarías, padre de Juan Bautista. Y si lo pides se te
dará un espíritu capaz de enseñarte todo lo que tu alma desea saber sobre la naturaleza de
las cosas. Emplearás sus servicios con temor y respeto de tu creador, de tu redentor, de tu
santificador, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No desprecies ninguna
ocasión de instruirte ni de velar por tu vocación y nunca te faltará nada de lo que te es
necesario.

Aforismo XIV.- Tu alma vive en la eternidad por aquél que te creó; invoca pues al
Señor tu Dios y obedécele sólo a él. Llegaras a este fin si consideras para qué te ha
creado Dios, lo que le debes y lo que debes a tu prójimo. Dios exige de ti que honres a su
Hijo y que guardes en tu corazón el verbo de su Hijo. Si tienes este respeto cumples ya
con la voluntad de tu Padre que está en los cielos. A tu prójimo debes caridad y llevar al
respeto de su Hijo todo lo que venga de ti: esta s la ley de los profetas. En las cosas
temporales debes invocar a Dios como a un padre a fin de que te conceda todo lo
necesario para esta vida. Debes hacer participar en los dones de Dios a tu prójimo, ya
sean estos espirituales o corporales.
Orarás de la manera siguiente:
«Señor del cielo y de la tierra, formador y creador de todas las cosas visibles e
invisibles, yo, ser indigno, te invoco, según tu mandato, por el nombre de tu único hijo
Nuestro Señor Jesucristo, para que me envíes tu Santo Espíritu y me conduzca a tu
verdad, hacia tu bien absoluto.
Pues anhelo con un profundo deseo la ciencia de esta vida, el conocimiento
perfecto de lo que me es necesario, ciencia hundida en tales tinieblas y manchada con tan
gran número de opiniones humanas, que siento que no podré penetrar nada de ella con
mis propias fuerzas, si tu no me diriges.
Concédeme uno de tus espíritus para que me haga conocer las leyes que tú quieres
enseñarnos a fin de que te alabe, te honre y sirva a nuestro prójimo; dame un corazón
dócil para penetrar fácilmente lo que me enseñes y enterrarlo en mi alma, dispuesto a
esparcirlo como un arroyo de tus inagotables tesoros para todos los usos necesarios, y
otórgame la gracia de usar tan grandes beneficios con un temor humilde y respeto tímido
por Nuestro Señor Jesucristo con tu Espíritu Santo. AMÉN».