domingo, 6 de enero de 2013

EL JACOBISMO Y LOS MASONES JACOBISTAS


La filiación iniciática de la Orden, reúne las cuatro corrientes o Piedras Angulares del esoterismo cristiano: 1) La Salomónica, transmisora de la leyenda de la construcción del Templo de Salomón. 2) La Pitagórica, transmisora del conocimiento de la Geometría Sagrada. 3) La Hermética, transmisora del Arte Real, alquímico y constructivo. 4) La Templaria, transmisora de la Vía Caballeresca por medio de los Altos Grados escoceses pertenecientes a la Casa de Estuardo y a las Logias "Jacobitas"
El "Jacobismo" fue el movimiento político dedicado a la restauración de los reyes de la dinastía Stuart (o Stewart, o Estuardo en castellano) en los tronos de Inglaterra y de Escocia (ambas coronas reunidas en el denominado Reino-Unido de Gran-Bretaña, en 1707).

El movimiento tomó su nombre del latín Jacobus , del nombre del rey Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia, y fue la respuesta a la deposición de este mismo monarca durante la "Glorious Revolution" (la Revolución Gloriosa) de 1688, y que supuso su sustitución en el trono por su hija mayor María II (de Fe anglicana), conjuntamente con su esposo el Príncipe Guillermo III de Orange, estatuder de Holanda, ambos protestantes.


Exiliados, los últimos Stuarts vivieron en el continente Europeo (en Francia y en Italia) y, ocasionalmente, obtuvieron el respaldo moral, político y militar de Francia, Roma y España para recuperar su trono.

El origen del movimiento tuvo lugar en las Islas Británicas, sobretodo en Irlanda y en Escocia, especialmente en las Highlands (tierras altas de Escocia), y con alguno que otro apoyo de ingleses y galeses, particularmente en Cumbria (Norte de Inglaterra). Los monárquicos o realistas apoyaban entonces el movimiento Jacobita porque creían que el Parlamento no tenía autoridad para interferir en la sucesión real, y muchos católicos británicos fueron partícipes de ese movimiento para restaurar también la predominancia de su Fe en un reino generalmente anglicano o presbiteriano que negaba cualquier sumisión a la autoridad del papa de Roma desde el siglo XVI (con Enrique VIII de Inglaterra); en cuanto al pueblo, se vió envuelto en diversas campañas militares por diferentes motivos. En Escocia, el Jacobitismo tuvo una buena acogida entre los clanes de las Highlands.


El emblema de los Jacobitas fue la "Rosa Blanca de York", que tiene su fecha de celebración el 10 de junio, aniversario del nacimiento en 1688 de Jacobo Francisco Eduardo Stuart "el Viejo Pretendiente" (1688-1766), Príncipe de Gales y Duque de Albany (hijo del destronado rey Jacobo II), que fue privado de sus derechos al trono británico por el Parlamento de Londres.


Trasfondo Político

En la segunda mitad del siglo XVII, las Islas Británicas pasaban por una época de inestabilidad política y religiosa. La protestante Commonwealth republicana de Cromwell terminó con la restauración del rey Carlos II Stuart, quien quiso imponer la Iglesia Anglicana Episcopaliana en Escocia provocando rebeliones (Covenanters y Cameronians), duramente reprimidas.

Muerto en 1685, Carlos II fue sucedido por su hermano el hasta entonces Duque de York, que para colmo de males era abiertamente católico: Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia, y que era, en cierto modo, una prolongación de ese desdén familiar por la democracia, provocando la férrea oposición del Parlamento.

En Irlanda, el nuevo rey nombró al primer virrey católico desde los tiempos de la Reforma, Richard Talbot, 1er Conde de Tyrconnell, y procuró reducir el ascendente protestante en el seno de la administración y la vida parlamentaria irlandesa, además de hacerse con los puntos claves con destacamentos militares leales.

En Inglaterra y en Escocia, Jacobo II intentó imponer la tolerancia religiosa, mediante la colaboración de la minoría católica pero provocando a la mayoría protestante. Su yerno, el Príncipe Guillermo III de Orange, que andaba forjando alianzas contra Francia, atrajo entorno a su persona a los miembros del partido Whigh, que le eran afines y que respaldaban el proyecto de entregar la corona británica a la princesa María (hija mayor de Jacobo II), que representaba la línea Stuart anglicana. La oposición parlamentaria llegó a su punto álgido cuando Jacobo II, viudo de su anterior matrimonio y nuevamente casado con una princesa italiana y católica (Mª Beatriz de Este-Módena), tuvo a su primer hijo varón en junio de 1688, inmediatamente reconocido como Príncipe de Gales. Fue entonces cuando los enemigos del rey ofrecieron sin más dilación, a Guillermo III de Orange y a María, En febrero de 1689, la Gloriosa Revolución cambió formalmente el monarca británico, pero algunos católicos, episcopalianos y tories, marcadamente realistas, convencieron al Parlamento de que no tenía el derecho de definir la sucesión de la Corona Británica, y seguían apoyando abiertamente al rey Jacobo II.

Escocia aceptó con cierta lentitud y precaución a Guillermo III de Orange, quien convocó una Convención de los Estados el 14 de marzo de 1689 en Edimburgo, considerando conciliadora la carta tranquilizadora del esposo de María II. Las fuerzas Cameronianas, junto con el Clan Campbell de las Highlands, liderados por el Conde de Argyll, se erigieron en el más firme apoyo en Escocia de Guillermo III. Por otro lado, la caballería escocesa, liderada por John Graham of Claverhouse, Vizconde Dundee, que inicialmente seguía siendo leal a Jacobo II, acabó por pasar al bando de Guillermo III ante la evidencia de quién era el hombre fuerte del momento. La convención llegó finalmente a la determinación de reconocer a Guillermo III de Orange y a María II Stuart, proclamándoles nuevos soberanos en Edimburgo (11 de abril de 1689), celebrándose su doble coronación en Londres en el mes de mayo siguiente

En consecuencia, el movimiento Jacobita se vió limitado al entorno de los católicos romanos, mayormente representados en Irlanda, mientras que los católicos británicos permanecían siendo una minoría. Los católicos formaban entonces el 75 % de la población irlandesa, cuando en Inglaterra rondaban el 1 % y en Escocia tan solo el 2 %. Por ello no es de extrañar que el apoyo irlandés a Jacobo II fuera mayoritariamente católico cuando éste se refugió en Francia y el país galo se enfrentaba a la Liga de Augsburgo. La guerra en Irlanda fue predominantemente católica-nacionalista hasta su derrota en 1691, punto de inflexión que trasladó el apoyo Jacobita (las Brigadas Irlandesas) a Francia y se hiciera presente en las filas del Ejército Francés. En Inglaterra, los católicos procedían sobretodo de la "gentry" (pequeña nobleza e hidalguía de provincias), y formaron una especie de comité de apoyo ideológico durante dos centurias, siendo una minoría habitualmente perseguida por el Estado y que se unió con entusiasmo a los ejércitos Jacobitas, además de contribuir económicamente al mantenimiento financiero de la corte de los Stuarts en el exilio (entonces instalada en Saint-Germain-en-Laye, Francia). Algunos escoceses de las Highlands, como los MacDonalds de Clanranald, permanecieron en el seno del catolicismo, pero forman parte de esa escasa lista de excepciones.


Hay que sumar a esa corriente contraria a la soberanía de Guillermo III y de María II, el firme apoyo de los Anglicanos británicos que se negaron a jurar a los nuevos monarcas, y que procedían en gran parte de ese clero de la Iglesia de Inglaterra que rechazaba, en principio, reconocer a los reyes mientras siguiera vivo Jacobo II, desarrollando además un cisma episcopaliano en la Iglesia mediante pequeñas congregaciones localizadas en las ciudades inglesas.

Por otro lado habría que citar a los episcopalianos escoceses que proporcionaron más de la mitad de las fuerzas Jacobitas, y que procedían de las tierras bajas (Lowlands). Aunque protestantes, fueron igualmente discriminados en el ámbito político de Escocia y reducidos a ser una minoría apartada de la recién establecida y favorecida Iglesia de Escocia. Otros episcopalianos prefirieron adoptar el papel de la pasividad ante la ola de Jacobitismo y acomodarse del nuevo régimen establecido por la Gloriosa Revolución. Otro sector de los episcopalianos que respaldaban el movimiento Jacobita, y procedente de las Lowlands, fueron igualmente ignorados por su marcada tendencia a llevar el traje típico de las Highlands, considerado como uniforme Jacobita y como una clara muestra de simpatía hacia los Stuarts exiliados.

Otra fuente de apoyo al movimiento Jacobita procede sin duda de ese segmento social políticamente desatendido. Algunos relevantes Whighs, entre ellos el Conde de Mar, reaccionó contra las directrices políticas procedentes de Londres uniéndose a los Jacobitas. Otros escoceses patriotas como Lord George Keith, 10º Conde Mariscal (1693-1778) y Lord Sinclair, se unieron y apoyaron a los Jacobitas después de 1707, en la esperanza de liberar Escocia del yugo británico. 

Desde los senderos de la religiosidad, la ideología Jacobita pasó a ser una forma de pensar entre las familias de la nobleza, de la hidalguía y burguesía provinciana que tenían en sus casas retratos de la exiliada familia real, de caballeros y de mártires de la causa Jacobita, hasta llegar a fomentar cenáculos de franco-masones. Aún hoy día, algunos clanes de las Highlands y regimientos suelen proceder a una curiosa ceremonia cuando, en el momento del brindis, pasan sus copas por encima de un vaso de agua y lo dedican "al rey que está más allá de las aguas" (es el brindis de los leales a los Estuardo). Se desarrollaron incluso comunidades en otras áreas, dónde confraternizaban en establecimientos, locales o posadas Jacobitas, cantando canciones sediciosas, recolectando fondos para la causa y, en ocasiones, reclutando a nuevos miembros. El Gobierno intentó cerrar esos centros de reuniones subversivas, pero cuando un local era cerrado otro se abría casi de inmediato en otro lugar. En ellos, los simpatizantes de la causa vendían copas talladas y grabadas, broches y otros objetos decorados con símbolos Jacobitas, además de revestir los tan populares tartanes que fueron tan perseguidos por los primeros reyes de la Casa de Hannover, hasta el punto de hacerlos desaparecer.

La política cambió prontamente de dirección con la promesa Jacobita de restaurar la independencia de Escocia, explotando así el ultraje que supuso para el orgullo escocés verse forzados a suscribir el Acta de Unión de 1707 (que unía Escocia a Inglaterra, y suprimía su parlamento de Edimburgo en favor del de Londres), acrecentando las filas Jacobitas por esos motivos, con gente directamente alienada y desposeída de sus bienes o libertades.


Jacobo II y VII, y su virrey irlandés Richard Talbot, 1er Conde de Tyrconnell, se aseguraron de que Irlanda fuese un bastión de la causa católica, acción que culminaría con el asedio de Derry el 7 de diciembre de 1688. Sin embargo, cuando Jacobo II fue depuesto y tomó la decisión de refugiarse en las costas francesas, obtuvo el inmediato apoyo de su primo el rey Luis XIV, regresando a Irlanda con las fuerzas renovadas y dispuesto a enfrentarse a su yerno Guillermo III de Orange el 12 de marzo de 1689. Tomó Dublin y acudió al asedio de Londonderry, consiguiendo reavivar el apoyo irlandés a la causa católica-nacionalista que se tradujo en una oposición frontal irlandesa a los intentos del Parlamento de Londres de imponer sus leyes. Pero después de agosto de 1689, el ejército británico reanudó su ofensiva contra Londonderry, echando a las fuerzas Jacobitas del Ulster. En julio del año siguiente, el ejército de Guillermo III (36.000 hombres) triunfó definitivamente en la batalla del Boyne -1 de Julio de 1690-, provocando la desbandada de las fuerzas Jacobitas (25.000 soldados) y el regreso del rey Jacobo II a Francia, rodeado de lo que quedaba de su ejército (posteriormente conocido como "Brigada Irlandesa" e integrado en los ejércitos del rey de Francia).


Bonnie Dundee

El 16 de abril de 1689, un mes poco después de que se celebrase la Convención de Edimburgo, y cinco días después de que proclamase como nuevos soberanos a Guillermo III y María II, el Vizconde Dundee, apodado "Bonnie Dundee" por sus partidarios, levantó ostentosamente el estandarte del rey Jacobo II sobre sus tierras y al frente de 50 hombres. Inicialmente tuvo dificultades para reclutar más hombres y conseguir apoyos, pero después contó con una tropa de 200 irlandeses en Kintyre, y el apoyo de los clanes de las Highlands católicos y episcopalianos que se unieron a la causa.


Sin embargo, la victoria Jacobita de los Highlanders en la batalla de Killiecrankie (27 de julio de 1689), se vió mermada por la muerte de "Bonnie Dundee" (que cayó bajo las balas) y la pérdida de 2.000 hombres. Una serie de expediciones militares del Gobierno supuso la derrota y el fin de los Jacobitas en mayo de 1690, agravada con las noticias que llegaron de la derrota de Jacobo II en el Boyne. Un año más tarde, los Jacobitas se vieron obligados a solicitar a los jefes de los clanes que pidieran permiso a Jacobo II para someterse a Guillermo III, y en enero de 1692, los clanes Jacobitas rindieron formalmente las armas ante el Gobierno de Londres. Obviamente, el rey Guillermo III estaba más interesado en llevar a cabo de forma exitosa su guerra contra Francia, como miembro firmante de la Gran Alianza (Liga de Augsburgo), por lo que no prestó gran atención al asunto escocés, intentando sobornar o coaccionar a los jefes de los clanes para que dejasen las armas y juraran lealtad. La lentitud con que respondió uno de los jefes del Clan MacDonald desembocó en la Masacre de Glencoe, el 13 de febrero de 1692.

En 1701, Jacobo II y VII falleció, siendo sucedido naturalmente por su hijo el Príncipe Jacobo Francisco Eduardo Stuart (James Francis Edward), reconocido como el rey Jacobo III de Inglaterra y VIII de Escocia por las cortes de Francia, España, Módena y Roma. Para sus detractores u opositores era sencillamente el "Viejo Pretendiente".

Tras una breve paz, la Guerra de Sucesión Española hizo que Francia reanudase su apoyo a la causa Jacobita y, en 1708, el príncipe Jacobo, rodeado de tropas francesas, intentó desembarcar en Gran-Bretaña para llevar a cabo una invasión. Sin embargo, la Marina Real Inglesa consiguió hacer retroceder a la flota francesa y el pretendiente tuvo que batir retirada en el Norte de Escocia para retomar el camino a Francia.

La Unión y los Hannovers


En marzo de 1702, el rey Guillermo III fallecía a causa de una caída de caballo (reinaba en solitario desde 1694, fecha en que la reina María II había muerto), por lo que la sucesión al trono recaía en su cuñada la Princesa Ana Stuart, Duquesa de Cumberland, pasando a ser la reina Ana I. La economía de Escocia había tocado fondo y estaba en sus horas más bajas, juntándose el hecho de que el Parlamento británico usaba y abusaba de sanciones económicas para forzar al Parlamento escocés a que se aviniera a negociar una unión. Uno de los personajes clave en esas impopulares negociaciones fue John Erskine, 11º Conde de Mar, quien después de dar su apoyo a la rebelión escocesa pasó a ser un firmante del Acta de Unión de 1707, y encargado de llevar a cabo los asuntos escoceses en el nuevo Parlamento británico. En 1713, fue formalmente nombrado secretario de Estado para Escocia por la reina.

Mientras aumentaba el descontento de los Jacobitas, también aumentaban las esperanzas del pretendiente Jacobo Francisco Eduardo Stuart, que pensaba que cada vez estaba más cerca de recuperar la corona de su padre al constatar que todos los numerosos hijos de su hermana Ana I, fallecían en la cuna o antes de llegar a la edad adulta. Sin embargo, para atajar el problema que se veía venir, el Parlamento había confeccionado el Act of Settlement (1701), firmado por Guillermo III y ratificado por el Acta de Unión de 1707, que requería que el monarca británico fuese protestante mientras que el "Viejo Pretendiente" era un devoto católico, único "handicap" que le convertía en un candidato descartable a ojos de los británicos. En consecuencia, la herencia recaía en la descendencia protestante de una hija del rey Jacobo I, representada por el Elector Jorge-Luis de Hannover, bisnieto de ese monarca por lado materno, personaje nada carismático y encima sujeto alemán que desconocía prácticamente la lengua inglesa. Nada popular entre los ingleses, el que iba a convertirse en el rey Jorge I contribuyó personalmente (por su conducta sobretodo) en que renaciera la dormida lealtad hacia los Estuardo.

El fin del movimiento Jacobita

A partir del fracaso de la rebelión Jacobita de 1745, el movimiento Jacobita entró en una fase inactiva que significó, en cierto modo, su muerte. Si bien los Franceses consiguieron rescatar al príncipe Carlos de las garras de sus enemigos a orillas de Escocia, y darle un recibimiento triunfal en Francia como si de un héroe se tratase, el sueño se esfumó prontamente... Después de las victorias francesas en los Países-Bajos, dejando a Holanda fuera de combate en el conflicto, Inglaterra ofreció a Francia una paz en términos razonables, pero exigió la expulsión inmediata del Joven Pretendiente del país Galo como principal condición para que se llevasen a cabo las negociaciones de paz.

Consecuencias

Tras la derrota de Culloden Moor (1746), la causa Jacobita dejó de interesar a las potencias europeas enemistadas con Gran-Bretaña. Expulsado de Francia en 1748, el Joven Pretendiente quiso atraer la atención del rey Federico II de Prusia, y obtener su apoyo para llevar a cabo su particular "cruzada". Pero el monarca prusiano le reservó una gélida acogida y mostró su total indiferencia por la suerte de los Estuardo exiliados.


La sucesión Estuardiana, al menos en lo que se refiere a las pretensiones esgrimibles, recayó inicialmente en la Casa de Saboya y, de ésta, a la Casa Real de Baviera por filiación femenina.

En Gran-Bretaña, el Gobierno, con tal de prevenir futuros problemas en Escocia, asestó un golpe mortal contra el sistema de los clanes guerreros de las Highlands. Mediante la Ley de Proscritos, que incluía una ley de desarme y sobre el atuendo, se confiscaron todo tipo de armas (blancas y de fuego) y se prohibió llevar el típico atuendo escocés, tanto tartanes como kilts, e incluso se intentó prohibir el uso de la lengua gaélica. Cualquier infracción a esas prohibiciones suponían la cárcel y la acusación de "alta trahición" (por sedición o simpatía Jacobita).


Habría que esperar el reinado de Jorge IV de Gran-Bretaña, para que el Jacobitismo, convertido en reliquia del pasado, recuperase ese prestigio a través de autores románticos, gracias a las obras de Robert Burns y de Walter Scott. La contribución de Jorge IV a ese renacer se produjo notablemente en 1822, en el curso de su primera visita a Escocia y cuando visitó Edimburgo enfundado en un kilt típicamente escocés. Resucitó así la costumbre de los tartanes y de los kilts que, volviendo a ser tremendamente populares, regresaron al rango de atuendo nacional de Escocia.



MASONES JACOBITAS


Partidarios legitimistas de la dinastía escocesa de los Stewart, destronada en 1714 por la casa holandesa de los Hannover, los Jacobitas protagonizaron una épica lucha contra la dinastía usurpadora. Estaban formados, principalmente, por miembros de los clanes de Highlanders, irlandeses e ingleses del norte.

Desde el punto de vista religioso, los Jacobitas eran predominantemente católicos aunque entre sus filas también se contaban anglicanos, presbiterianos y otras denominaciones protestantes, por lo tanto, la dinastía holandesa era vista, por la mayoría de los Jacobitas, como usurpadora y además herética.

Se denominaba Masonería Jacobita al conjunto de las Logias escocesas que acompañaron los diversos alzamientos legitimistas de la Casa de Estuardo. La Masonería Jacobita fue diezmada y desapareció de la historia luego de la masacre y derrota definitiva de la causa Estuardista en la batalla de Culloden-Moor en 1746.


Durante todo el siglo XVIII, el “tema estuardista” estuvo ligado íntimamente al surgimiento de los Altos Grados masónicos escoceses y caballerescos. Así, por ejemplo, el barón alemán Karl von Hund, fundador de la Orden Masónica de la Estricta Observancia Templaria, se refiere a la existencia de los “Superiores Incógnitos” (Unbekannte Oberen) y hasta su muerte estuvo convencido que los mismos eran miembros de la Casa de Estuardo.

En Inglaterra, las Logias masónicas, quizás en razón del origen de muchos de sus miembros, se constituyeron en focos de una sorda resistencia anti-hannoveriana; así, durante el banquete de la Fiesta de San Juan de Verano que ofrecía la Gran Logia de Londres en 1722, la orquesta comenzó a ejecutar, fuera de programa y en sordina, el canto estuardista “The King shall enjoy his own again” (El Rey gozará de su patrimonio nuevamente). Robert Samber, en su libro Ebrietatis Encomium, reporta que fue necesaria la intervención de un alto personaje para impedir un escándalo que afectase la continuidad de la joven Gran Logia cuyos dirigentes eran discretos partidarios de la dinastía holandesa usurpadora.

El historiador francés Gustave Bord, en su libro La Franc-Maçonnerie en France des origines à 1815, afirma la existencia de Logias militares en el castillo de Saint-Germain-en-Laye donde Luis XIV había instalado a la familia real escocesa destronada. Según Bord, entre los Franc-Masones Jacobitas se contaban los siguientes: Lally, Linche, Macdonald, Burcke, Maccarthy, O’Toole, Dillon, O’Neil, Butler, Fitzgerald, Talbot de Tyrconnel, Dorrington, Lesley conde de Rooth, Nagle, O’Calaghane, Wyndham, Middleton y otros muchos pertenecientes también a la más alta nobleza. Las primeras Logias parisinas (1725) fueron fundadas por Jacobitas exiliados y el propio Gran Maestre, sir Charles Radcliffe, lord Derwent Water, participó del alzamiento de 1745 y murió decapitado en la Torre de Londres el 8 de Diciembre del año siguiente como mártir de la causa estuardista.


El caballero-masón Andrew Michael Ramsay, baronet de Escocia y discípulo del cardenal Fénelon, redactó su famoso Discurso, dirigido a las Logias francesas, en el que aludía a las Ordenes de Caballería participantes en las Cruzadas como antecesoras de la Franc-Masonería y a la conservación de sus tradiciones en Escocia. Ramsay se proponía lograr el apoyo de la nobleza francesa para la causa Jacobita incluyendo, de ser posible, al propio Luis XV. Es interesante señalar que el cardenal Fleury, ministro de Luis XV, prohibió a Ramsay que pronunciara su Discurso en la Logias para no poner en riesgo su propia política de apoyar a sir Robert Walpole y a la dinastía protestante de los Hannover.

También se registraba actividad masónica Jacobita en Roma, en el mismo centro de los estados de la Iglesia que aún no había emitido la bula condenatoria “In Eminenti”. En efecto, existía en Roma una Logia masónica Jacobita cuyo Venerable Maestro era Lord Winton, un pintoresco personaje, posiblemente un tanto desequilibrado, permanentemente envuelto en escándalos de todo tipo, desde ebriedad hasta espionaje, que hacían difícil el exilio romano del Pretendiente al trono inglés. En el seno de esta pequeña Logia convivían tanto ingleses Jacobitas como ingleses hannoverianos, algunos de ellos – sin duda – eran espías dobles. Esta Logia fue cerrada por la policía romana.


La Masonería Jacobita fue el verdadero origen y la cuna de lo que, posteriormente, sería universalmente conocida como “Masonería Escocesa” cuyo rasgo distintivo principal lo constituyen los llamados Altos Grados caballerescos que practica. Sin embargo, es menester recordar que los llamados Ritos Escoceses Rectificado y Escocés Antiguo y Aceptado respectivamente, no son sino creaciones históricos muy posteriores.

Fuente: J. F. Ferro, Argentina