jueves, 27 de marzo de 2014

LA CONCEPCION EVOLIANA DE LA HISTORIA II













3.- La Historia


¿Cuál es la razón por la que una sociedad de hombres libres, orientada hacia la eternidad, haya surgido la decadencia en un grado cada vez mayor e ilimitado hasta llegar a la instancia crepuscular en la cual hoy nos encontramos? No ha sido una fatalidad, como dijéramos anteriormente, sino más bien el resultado de la ruptura de un equilibrio entre las partes diferentes que la componían. Es como si en un determinado momento se hubiese operado algo equiparable a un cortocircuito, a un cansancio existencial, a un aflojamiento de los lazos que mantenían unido al organismo social. Evola concibe la ruptura del orden de la humanidad normal como un proceso de simultáneo relajamiento y tensión recíproca entre las dos naturalezas de las que participa el hombre, entre el principio rector, de carácter espiritual, y lo que es por él regido, el orden de la materia. Todo acontece como si por una especie de agotamiento el que manda dejase de ser sol y causa final de las partes singulares, en que la casta de los espirituales decae renunciando a realizar su función de orientación y dirección de la materia. Y entonces es cuando sobreviene el modo propio de esta última, cual es un estado de pasividad, “la impotencia de cumplirse a sí mismos en una forma perfecta, de poseerse en una ley”(8). El materialismo, modalidad propia de la segunda naturaleza o principio al que pertenece el hombre, va desencadenándose como un proceso lento que abarca desde los mismos inicios las distintas etapas sucesivas que componen el devenir histórico. Más aun, el materialismo se equipara al mismo mundo del devenir y del cambio. Así como la Metahistoria representa el acontecer del espíritu, la Historia es en cambio aquí entendida como el despliegue de la naturaleza material en tanto va perdiendo paulatinamente los lazon que la subordinan a la esfera espiritual: planteo éste totalmente contrapuesto a una perspectiva hegeliana. Es importante establecer aquí los distintos alcances que puede poseer el vocablo materialismo. En un sentido metafísico entendemos por ello a aquella concepción que considera a la materia como la sustancia que origina y fundamenta la realidad. Desde una perspectiva histórica y aun marxista representaría en cambio la concepción que considera que el móvil último del devenir humano es la satisfacción de las necesidades materiales y económicas. Hay un tercer materialismo que está en el trasfondo e los restantes y que podría asimilarse al empirismo y que Evola considera como “el verdadero materialismo de los modernos” por el cual para tal  “tipo humano su experiencia no sabe sino captar cosas corpóreas” (10). Pero además existe una forma aun más profunda de materialismo asimilable al contenido etimológico de tal palabra. Como dijéramos, materia viene de “mater” que significa madre, esto es, principio de generación, pero determinado por la acción de otro, en virtud de la pasividad propia del sexo femenino. Así como desde un punto de vista metafísico el espíritu es lo activo que informa y gobierna y la materia es lo pasivo que es formado y orientado, de manera correspondiente, a nivel físico tal vínculo se expresa en la dupla sexual hombre-mujer a través de las características propias de estas dos dimensiones diferentes y complementarias. Es decir que se trataría aquí de la materia en un sentido cualitativo y no cuantitativo tal como se la concibe, de acuerdo a Guénon, en los tiempos últimos. Y así como lo propio de la materia es su aptitud por ser determinada por la forma, lo que es propio de lo femenino es ser conducido y regido por lo masculino. Entenderíamos entonces por materialismo en su grado primero y principal a esta tendencia a la insubordinación de lo que es pasividad y potencia contra aquello que es forma y actividad. Partiendo pues de esta perspectiva el materialismo no se nos presenta en primer término -tal como acontece en los tiempos actuales- como una estereotipación de las ciencias en detrimento de la religión y la Metafísica, sino que se expresa como una inversión en relación entre la dupla espíritu-materia y hombre-mujer. Ello aparece primeramente en formas religiosas que acentúan el carácter pasivo y dependiente del hombre. Es cuando se sustituye lo viril por lo materno, cuando la procreación aparece como el acto principal de la especie, primero en importancia. La mera existencia biológica es reputada como un verdadero milagro que debe ser incesantemente agradecido y que suscita asombro y devoción. La vida va sustituyendo de a poco a la supra-vida, la que es relegada hacia un más allá, recóndito y lejano. Aparecen también como principales divinidades de carácter femenino; la Luna y las deidades nocturnas se sitúan en el lugar primordial ocupado antes por el Sol. Al nomadismo, en tanto búsqueda incesante y realización de lo absoluto le sobreviene la actitud sedentaria y al culto por los dioses olímpicos, que son más que hombres en tanto hombres absolutos, se le sustituye la veneración por la Madre-Tierra acompañando esto con ritos y alabanzas por las semillas y cosechas abundantes. La sociedad se ha hecho entonces matriarcal. Esta pasividad se transmite entonces a la relación del hombre con su Dios; nace así el estado de sometimiento y abandono pasivo a su Absoluta Voluntad, la resignación por el propio estado insuficiente que es más una renuncia por “cumplirse a sí mismos en una forma”, el Fatalismo, la dependencia, la espera en una Gracia Providencial que paraliza la propia iniciativa y hunde en la desesperación. Podríamos decir que esta primera insubordinación o ruptura acontecida en los albores mismos de la humanidad ha puesto fin a la armonía, equilibrio y correspondencia entre las dos naturalezas esenciales del hombre, propia del estado primordial. Ha sobrevenido en cambio una dialéctica de radical enfrentamiento entre ambas que recorrerá siempre y de manera recurrente la historia de las más variadas civilizaciones y culturas. Generada tal escisión entre ambas naturalezas, el materialismo adquirirá tres formas sucesivas y cada vez más decadentes, alejándose así de lo que es acto y unidad primordial hasta llegar al grado más próximo de la potencia pura y la disolución individual y caótica en lo colectivo. Primero se manifestará bajo la forma de un puro humanismo sin trascendencia y de un Estado reducido al papel de mera fuerza exterior y material. Y esto se conocerá como el absolutismo. Luego le sobrevendrá el optimismo por el progreso material y el endiosamiento de la economía con el liberalismo de los siglos XVIII y XIX que viviera nuestra civilización. Por último, con el hedonismo o consumismo, o tecnocratismo, en donde el hombre, liberado ya de cualquier ideal, llámese aun Progreso material, tan sólo “vive” y disfruta del presente y estaríamos entonces en la época actual.


4.- Las etapas del ciclo occidental


Volvamos ahora a la idea anteriormente formulada. La caída del mundo de la Tradición originada en los albores e la humanidad y de la cual las grandes religiones conservan en sus relatos reseñas concordantes, ha generado un fenómeno de tensión dialéctica que podríamos llamar propiamente como el verdadero motor de la Historia. Es esta lucha permanente entre dos principios contrapuestos: uno olímpico y otro titánico, uno solar y otro lunar, uno masculino y otro femenino, en fin, uno espiritual y otro material. Dicho fenómeno aparece en forma recurrente y de manera imperfecta en todas las grandes civilizaciones y aun en modo más larvado en las mismas cultura nacionales. A raíz de esta caída primordial cada una de estas manifestaciones del espíritu comienza siendo en sus orígenes un principio organizador de lo múltiple que pretende plasmarse y realizarse. Occidente desde la época clásica y la Edad Media trató de lograrlo a través de la figura del Imperio. Primero con Alejandro Magno, más tarde con Augusto, finalmente con el Sacro Imperio Romano Germánico. Tal institución representaba el principio rector trascendente que ordenaba y elevaba a las distintas partes representadas por las múltiples nacionalidades que componían el espectro de Europa. ¿Cuándo sobreviene la ruptura de la unidad occidental? Nuevamente apelando a la dialéctica espíritu-materia, o también espiritualidad solar versus espiritualidad lunar, o principio masculino versus femenino, Evola lo encuentra en plena Edad Media con la doctrina del papa Gelasio y el consecuente conflicto por las investiduras. Antes, en la Antigüedad y en la Alta Edad Media, el sacerdocio cumplía con el rol específico de consagrar y no consideraba que este hecho le proporcionara una superioridad ontológica sobre el Imperio (10). Ahora, luego de las doctrinas de Gelasio y de Gregorio VIII, sobreviene el primer desencuentro y el verdadero origen de la subversión moderna que es cuando la Iglesia quiere sustituir al Emperador al considerar que el hecho de haberlo consagrado le otorga superioridad ontológica, así como antiguamente se reputaba  la Madre como superior en cuanto procreaba. No es casual que el Papado, al considerar su mayor jerarquía titule aun hoy a la institución que representa como la Madre Iglesia. De este modo, al quitarle al Imperio su carácter trascendente y divino, dará origen a lo que más tarde sería en forma secularizada la democracia, al sostener la primacía de las nacionalidades (más tarde convertidas en naciones) y así el Estado, al perder su carácter sagrado, se convierte en el mero organismo encargado de asegurar el bien común. Se inicia así el fenómeno que luego se convertirá en la transformación de la función de gobierno en una tarea de “buen administrador”. Históricamente tenemos coronado este hecho con el apoyo de la Iglesia a la rebelión de las Comunas del norte de Italia en contra del emperador Federico Barbarroja. Esta primera ruptura entre el sacerdocio y el Imperio, tal desinteligencia recíproca iniciará en Occidente la era de las Revoluciones, también conocida como de las edades sucesivas y duraderas de acuerdo a la consistencia del metal que representan. Rota la unidad política y espiritual de Occidente, confundidas las funciones, la Iglesia se mostrará incapaz, por su espiritualidad lunar fundada en el temor por los castigos eternos y en el pecado, más que en la imagen divina, heroica y victoriosa del Imperio, de convertirse en la instancia trascendente mantenedora de la unidad política. En virtud del principio de degradación de las castas expresado por René Guénon (11), habiéndose desacralizado el poder político, “privando a los jefes del crisma de un más alto principio, empuja a la sociedad hacia la órbita de las fuerzas inferiores las que paulatinamente toman la primacía. En general es fatal que, cada vez que una casta se rebela contra la superior y se constituye a sí misma, pierda el carácter propio que poseía en el conjunto jerárquico para reflejar en de la casta inferior” (12). Así pues las mismas partes que antes se habían aliado con la Iglesia en contra del Emperador hoy se le sublevan a ésta y las particularidades, convertidas en naciones, “santificadas” luego por el protestantismo con su doctrina de los reyes comprendidos como “lugartenientes de Dios” se convierten en el poder absoluto sustituto de una autoridad suprema y trascendente. He aquí entonces la primera revolución, la del poder político que se subleva en contra de la autoridad espiritual representada en primer término por el Emperador y la estructura que lo acompañaba, las órdenes ascético-guerreras de la caballería, realizadoras de las Cruzadas y en su faz ya decadente, por la Iglesia rodeada por la estructura mística del monacato. El materialismo adquiere ahora la forma de Humanismo Renacentista, de relativismo, en tanto reivindicación del “libre examen” y aun de “nacionalismo” en cuanto valoración exacerbada de lo propio y singular desgajado de cualquier valor universal (13). Individualismo, relativismo, fuga y procesión de lo Uno hacia lo múltiple, ésta es pues la tendencia que se inaugura a través de un proceso de enloquecedora agitación cada vez más descendente. El monarca se aliará luego con la burguesía contra la aristocracia feudal para consolidar su autoritarismo, así como antes el Papado lo hiciera con los mercaderes de las ciudades lombardas para doblegar al Emperador. Se habrá preparado entonces el camino para la segunda revolución, la de la economía burguesa contra su otrora aliado, el absolutismo monárquico, representado ello con el liberalismo de la Revolución Francesa. Aquí el materialismo se manifiesta ya en forma abierta y hasta metafísica. La materia pasa a ser la “panacea” para el hombre y su posesión permitiría el “Progreso” de la humanidad a través de la “ciencia”. La burguesía en su revolución acudirá a la alianza con la plebe, la casta más baja de los siervos, a los cuales “liberará” de las cadenas de la “ignorancia” y la “superstición” tratando de hacerlos adeptos de sus utopías “racionales”, de su creencia en la Democracia, la Paz y la Gran Jauja universal. Mas he aquí que también sobreviene la tercera revolución de los siervos, conocida como la Edad de Hierro del comunismo, la Revolución Rusa de 1917. No debe ser confundido ello necesariamente con una de sus tantas manifestaciones, la ideología marxista-leninista, ni con sus sucedáneos, sino más bien comprendida como la época de la sustitución de lo individual propio de la sociedad burguesa por lo colectivo y masificado, el hombre que por debajo de lo puramente animal, representado por la burguesía, desciende al rol de engranaje de una máquina o mero animal domesticado. Los estímulos y campanillas del perrito de Pavlov son ahora las señales televisivas, los conciertos rock, la propaganda subliminal. Es un hombre que no piensa ni razona, sino un ser que responde por reflejos condicionados y que, al fallar éstos o suspenderse, por la imperfección de la máquina, el mecanismo sustituto satánico del principio espiritual ordenador, suplantada la Revolución por la subversión, sobrevienen repentinas conmociones, vacíos existenciales, hoy conocidos como estados de nihilismo o violencia irracional, que dejan al mundo en la más fría inseguridad de lo abismal. Habremos llegado así al final del ciclo, a la instancia más cercana a la potencia pura, a lo que es casi nada. Alcanzado este punto, nuevamente vuelve a plantearse la disyuntiva inicial que diera inicio al ciclo de la decadencia. ¿Preanuncia la caída el “reenderezamiento” o la restauración de una humanidad normal? ¿Tiene cabida el mito cristiano apocalíptico del fin de los tiempos resumido por Lutero en su frase de que “por las puertas del infierno se ingresa al Cielo”? Nuevamente es diferente la respuesta evoliana: “Queda indeterminado saber si al final de un ciclo se instaurará uno nuevo”. Está presente aquí la idea de libertad a través de la acción osada de una nueva orden de la caballería. Concluyamos con esta frase de Evola. “La sociedad medieval nos deja su testamento en dos leyendas. La primera es aquella, según la cual en la noche del aniversario de la supresión de la Orden de los Templarios, todos los años una sombra armada con la cruz roja sobre el manto blanco aparecería en la cripta de los templarios para preguntar quien quiera liberar el Santo Sepulcro. “Ninguno, ninguno, es la respuesta, porque el Templo está destruido”. La otra es la de Federico II que, sobre las alturas del Kifhäuser, en lo interior del monte simbólico, seguiría viviendo con sus caballeros en un sueño mágico. Y espera: espera que el tiempo señalado haya llegado para descender en el valle con sus fieles para combatir la última batalla de éxito seguro de la cual dependerá el reflorecimiento del Arbol Seco y el surgimiento de una nueva edad” (14).


NOTAS 

 

1.   En Uomini e problemi, Roma, 1985.
2.   Acerca del significado de una concepción de la Derecha en un sentido revolucionario, además del aludido artículo de Evola puede verse nuestra nota “Ser de derecha” en la revista Cabildo, Buenos Aires, Julio de 1988.
3.   Al respecto Evola, rechazando la tesis evolucionista ha hecho notar en varios artículos y en especial en I primitivi e la sienza magica (En Int. alla Magia, pg. 315, T. III, Roma, 1985) que las mal llamadas sociedades prehistóricas no representan la infancia de la “Humanidad”, sino inversamente otra humanidad, diferente de la nuestra, con valores y creencias en vías de extinción y no de evolución.
4.   Para René Guénon la historia es un proceso infinito e ilimitado de Manvantaras de 64.800 años de duración cada uno. Todo Manvantara se divide a su vez en 4 yugas (o edades según el léxico occidental), siendo el primero de 25.920 años, el segundo de 19.440, el tercero de 12.960 y el cuarto, o Kali-yuga, o Edad de Hierro, en el que nos encontramos, constaría de 6.480 años. Recordemos a su vez que de acuerdo a la enseñanza védica que sigue nuestro autor el Kali-yuga habría comenzado aproximadamente en el 3.150 a.C., año de la muerte del dios-héroe Krishna, por lo que aun faltarían unos cuantos años de Edad de Hierro.
5.   En Ricognizioni, pg. 40, Roma 1985.
6.   Véase Ciudad de los Césares, N. 24, Santiago, Mayo-Junio 1992.
7.   La diferencia entre estos dos conceptos puede verse en el artículo de Evola, Rivoluzione dall’alto, en Ricognizioni, pgs. 21-25, Roma 1985. O también  nuestro artículo Revolución o subversión en Cabildo, Bs. As., Agosto 1987.
8.   Rebelión contra el mundo moderno, Buenos Aires, Ed. Heracles, 1994, pg.
9.   Ibid., pg.
10.Esta superioridad del Emperador sobre el Papa se manifestó en los mismos albores de la cristiandad. “Luego de que Carlomagno fue consagrado y aclamado según la fórmula: “Carlo Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador, vida y victoria”, el Papa se prosternó (adoravit) ante Carlos según el rito establecido en el tiempo de los antiguos Emperadores”. (Apud Fustel de Coulanges, Tranf. Royaut., pgs. 313-16, en Rebelión...) “A lo cual se agregue que en tiempo de Carlomagno y de Luis el Piadoso, como también entre todos los emperadores romanos y bizantinos cristianos, los concilios eclesiásticos eran convocados y autorizados y presididos por el Príncipe, al que eran sometidas por los obispos, no sólo conclusiones sobre temas de disciplina, sino también de doctrina y fe según la fórmula: Al Señor y Emperador, par que su Sabiduría agregue lo que falta, corrija lo que es contra razón”. (Ibid.).
11.Guénon, Autorité spirituelle et pouvoir temporelle, pg. 11.
12.En Rebelión...., pg.
13.Es de resaltar sin embargo que hoy en día, en virtud de la misma disolución del concepto de Nación como entidad cultural y espiritual, tal doctrina posee un significado positivo.
14.En Rebelión..., pg. 378.

   Marcos Ghio