viernes, 21 de octubre de 2011

COSMOGONÍA MASÓNICA: SÍMBOLO, RITO, INICIACIÓN - EL NÚMERO CUATRO, LA ESCUADRA, EL CUADRADO Y LA CRUZ



EL NUMERO CUATRO, LA ESCUADRA,
EL CUADRADO Y LA CRUZ


Fernando Trejos


Decíamos que el número cuatro corresponde en la geometría del espacio a la pirámide de base triangular (de cuatro caras iguales), y en la geometría plana a las figuras del cuadrado y la cruz. Veíamos en la primera al símbolo de la tridimensionalidad y señalábamos que el ser humano, siendo en su estado ordinario un ser tridimensional, tiene potencialmente, según la tradición, la posibilidad de conocer otras dimensiones, insospechadas para el hombre corriente.

La cuarta dimensión es la unión del tiempo y el espacio. La antigüedad y la tradición conocían de la existencia de estos ‘otros mundos’, más reales que ‘éste’ y coexistentes con él, y sabían de los estados múltiples del ser. Se dice que el hombre puede acceder a estas otras dimensiones, mediante la apertura de la conciencia. Tal el sentido del mito platónico de la caverna en el que se nos hace ver simbólicamente que las cosas que percibimos con nuestros sentidos físicos pudieran ser sólo un reflejo ilusorio, como una sombra, de la realidad; y que podría ser posible para el verdadero iniciado ‘pasar’ a otro mundo que sí es verdadero. Como nos relata la tradición hebrea que ocurrió a Enoch y a Elías, que ‘vieron’ y fueron llevados a él sin pasar por la muerte física. Como nos dice la tradición azteca que el hombre atraviesa por el ombligo del sol hacia el mundo de los dioses. Como nos relatan, en fin, los mitos de todos los pueblos y culturas que evocan y recuerdan ese estado primordial que perdió el hombre por la caída y recuperará por la redención, al fin del ciclo.
Quizá la idea que más precisamente nos ayuda a unir los conceptos de tiempo y espacio y a percibir esas otras dimensiones, es la de la ley del cuaternario expresada enla figura de la cruz de brazos iguales (+) símbolo que se encuentra presente en forma unánime en las culturas de todos los tiempos y lugares. En efecto, esta cruz señala las cuatro direcciones del espacio (norte, sur, este y oeste), uniéndolas con las cuatro estaciones del tiempo cíclico. Esta ley determina las cuatro partes en que se subdivide el ciclo de cualquier ser manifestado, que supone un nacimiento, un crecimiento, un apogeo y una decadencia. La muerte, que simbólicamente se une al punto de nacimiento, viene a ser la quintaesencia, el punto central de la cruz que también simboliza a la vida y al eterno presente.

Sabido es que todas las criaturas tienen una existencia física, y que los ciclos y los seres, grandes y pequeños, se encuentran entrelazados los unos con los otros. El electrón se encuentra contenido en la molécula, ésta en un ser mayor (el hombre por ejemplo), que a su vez se halla en la tierra, la cual pertenece a un sistema solar, que es uno de los innumerables sistemas de una de las incontables galaxias que pueblan el universo. Con respecto al tiempo, observamos segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos, milenios, manvántaras, kalpas. (Según la tradición hindú, un kalpa constituye el ciclo de vida de un universo, cada uno de los cuales podría ser visualizado como un ciclo respiratorio de Brahma. El kalpa está constituido por catorce manvántaras, y cada manvántara es un ciclo humano completo de existencia, un ‘día’ de la tierra). Podríamos reducir estas dimensiones hasta lo infinitamente pequeño, o aumentarlas hacia lo indefinidamente grande; pero en todo caso basta observar las que se encuentran a nuestro alcance para darnos cuenta de que cada una contiene otras menores a la vez que se encuentra contenida en otra mayor, siguiendo todas la ley del cuaternario: cuatro partes tiene el día, cuatro fases la luna que regula los meses, cuatro estaciones el año, cuatro períodos la vida del hombre, cuatro yugas un manvántara.

(Según la misma tradición hindú, un manvántara se encuentra dividido en cuatro yugas o subciclos que corresponden de manera exacta a las cuatro edades de los griegos: Kryta o Satya Yuga o Edad de Oro; Treta Yuga o Edad de Plata; Dvapara Yuga o Edad de Bronce y Kali Yuga o Edad de Hierro, que es la que vivimos desde hace largo tiempo y que según la tradición está muy próxima a concluir (ver Égloga IV de Virgilio).

Al norte, la media noche, la luna nueva, el invierno, el nacimiento y la muerte del día, del año y del hombre (o de cualquier ciclo del cosmos, la naturaleza o la historia); al oriente la mañana, el cuarto creciente, la primavera, la infancia, el crecimiento; al sur el mediodía, la luna llena, el verano, la juventud o apogeo; y al occidente la tarde, el cuarto menguante, el otoño, la madurez, el principio de la decadencia que será seguido nuevamente por el norte, la vejez y la muerte, que da inicio a otro ciclo o al nuevo nacimiento. Todo esto nos sugiere la idea de que la cruz puede ser vista realizando un movimiento circular o ROTA, lo cual se representa más claramente en el símbolo de la cruz gamada o svástika y particularmente en el de la cruz que se inscribe dentro de la circunferencia. Esta es la unión perfecta de la escuadra y el compás, mediante la cual se realiza la misteriosa cuadratura del círculo o circulatura del cuadrado; la unión entre el cielo y la tierra, el espíritu y la materia, el tiempo y el espacio.

El zodíaco, que también se encuentra dividido en cuatro partes iguales, cuyos extremos señalan a los signos de capricornio y cáncer, de aries y libra (los dos solsticios y los dos equinoccios), fue el símbolo utilizado desde la antigüedad remota para expresar conceptos temporales; veían en él tanto a los ciclos cósmicos como los planetarios, solares (anuales) y diarios. Pero han sido encontradas antiguas representaciones del zodíaco inscrito en un cuadrado, en cuyo caso simboliza ideas espaciales relacionadas con el diseño del Gran Arquitecto y con la Jerusalén Celeste, a cuya imagen fue construida la ciudad de Jerusalén y el Templo de Salomón. Nuestro templo, que debe ser una réplica de aquél, expresa en sus columnas el simbolismo aquí aludido: al norte los aprendices; al sur los compañeros; al oriente los maestros; y al occidente la vida profana y la puerta del templo.

También se relaciona a este número con las cuatro piedras de esquina (corner stones) que no deben ser confundidas con la piedra angular que es única y axial. En el cristianismo se hacen corresponder con los cuatro evangelistas y los cuatro signos zodiacales que se les atribuyen a Lucas, Marcos, Juan y Mateo: Tauro, Leo, Escorpio y Acuario; el buey, el león, el águila y el ángel.

La tétrada hermética, compuesta por las cuatro figuras fundamentales (el círculo, la cruz, el triángulo y el cuadrado); la tetraktys pitagórica a la que los griegos rendían culto, la búsqueda del Tetragammaton o “palabra perdida” (conceptos relacionados con el número cuatro), son todos temas masónicos que han sido siempre objeto fundamental de estudio en las logias.

Pero quizá el valor simbólico de este número, destaca de modo especial en la observación de los cuatro signos de fuego, aire, agua y tierra y las múltiples derivaciones a que dan lugar. Estos cuatro elementos podrían ser inscritos en la cruz y relacionados con la idea cíclica de las cuatro estaciones; con los tres signos zodiacales de cada elemento, o con las cuatro condiciones intermedias a que dan lugar (lo seco, lo húmedo, lo frío y lo caliente). Pero también pueden ser observados desde el punto de vista de la jerarquía de los ‘mundos’ o estados del ser.

El fuego corresponde al espíritu incondicionado, al ser puro e increado, el inimaginable mundo de las emanaciones que la cábala llama olam ha'atsiluth; el aire simboliza al mundo de las ideas o de los arquetipos, al prototípico mundo de la creación, olam ha beriya; el agua al alma o psiqué, al mundo de las formaciones, olam ha yetsirah, a veces llamado plano astral o mundo de las influencias astrales; y la tierra representa al cuerpo, a la materia, al mundo de la realidad sensorial llamdo olam ha asiya. Son las cuatro letras del inexpresable nombre de YHVH (o tetragramaton); los cuatro palos (bastos, copas, espadas y oros) del “Libro de Toth” o TAROT (ROTA); la jerarquía cuaternaria de los seres (Nombres de Poder, Arcángeles, Ángeles y seres materiales), que signa a la creación entera y a cuya imagen fue creado el hombre, la única criatura que tiene la posibilidad de participar en forma simultánea y consciente, de los cuatro mundos.

A su vez, estos cuatro elementos expresan los cuatro estados de la materia (ígneo, líquido, gaseoso y sólido), se los visualiza como energías ‘elementales’ simbolizadas por las salamandras, las ondinas, las sílfides y los gnomos; y están ligados a la idea de jerarquía que también observamos en las pirámides divididas en cuatro gradas o grados (profano, aprendiz, compañera y maestro), que también simbolizan las jerarquías sociales como las expresadas en la organización de las castas hindúes (brahmanes, kshatriyas, vaishyas y sûdras) y en el plan ideal de La República de Platón.

Como podemos ver, el cuaternario tiene variadísimas derivaciones.
Aún podríamos agregar algunos comentarios referentes a otras palabras sagradas de cuatro letras, o sobre simbolismos relacionados también con la escuadra, como el de las letras gamma y daleth, o comparar las distintas clases de cruces de brazos iguales, como la de los templarios, los celtas, los precolombinos, etc. o referirnos al tema de los cuadrados de la logia, o a los números cuadrados o a los cuadrados mágicos; o podríamos, en fin, mencionar otros determinados asuntos igualmente relacionados con el número cuatro como el de la doctrina de las cuatro verdades del budismo. Quizá en un futuro tendremos la oportunidad de tratar algunos de ellos; pero hacerlo ahora sería salirse de la idea original de estos trabajos que pretenden ser sintéticos y tratan únicamente de mostrar con algunos ejemplos, el tipo de ideas que pueden surgir cuando trascendemos el sentido puramente cuantitativo de los números y los observamos desde el punto de vista cualitativo y tradicional, propio del hermetismo y la simbología esotérica.